domingo, febrero 20, 2011
viernes, febrero 18, 2011


La ascensión y caída de un irlandés cantamañas y muy mono (ryan O'neall) en la alta sociedad inglesa del dieciocho, contada como un cuento y durante tres intensísimas horas, con encuadres de una belleza de muerte, puros cuadros del XVIII (Turner, por ejemplo) una fotografía espléndida de paisajes sedantes en todos los tonos del verde y tamizados por un sol de oro y espejos, ambientación milimétrica hasta en la iluminación (siiiii....todo con luz natural, Kubric quiso iluminar la oscuridad con velas, persiguiendo así una fidelidad absoluta) , pelucones altaneros y brocados color mazapán en parasoles de muñeca antigua, ademanes y miradas contenidas por una cortesía hipócrita y zalamera propia de esa alta alcurnia, devaneo y coqueteo a tuti plen, extorsión y chantaje solapado pero envuelto en tafetán y brocados varios y la música de Händel, o Paisiello....y Barry y la condesa sin cruzar palabra cosiendo miradas de seducción pura mientras juegan a las cartas, y los niños floreciendo al día envueltos en terciopelo y puntillas, paseando por el parque con caballos enanos con adornos de plumaje en la cabeza...oh, es taaaaan maravillosa que esas tres horas se hacen añicos en tus pupilas como cristales mágicos...
jueves, noviembre 25, 2010
lunes, noviembre 22, 2010





viernes, noviembre 12, 2010

Si alguien me asegura no poseer ni una pizca de ánimo vengativo, simplemente no le creo. El deseo de venganza, aunque políticamente incorrectísimo y vergonzante, anida en menor o mayor cantidad en el fondo mismo de nuestros corazones; el deseo de venganza es un veneno de difícil disolución, aunque la mezclemos con el olvido o el perdón, se resiste a desaparecer del todo su amargo sabor inicial.
La mayoría de veces no llevamos a la práctica lo que nos pide el cuerpo y alma a gritos después de haber sido heridos, razonamos, quizás hasta sopesemos el alcance de nuestras intenciones y acabemos convenciéndonos de que resultaría peor el remedio que la enfermedad, pero no sentir nada, no percibir ni levemente, como nos carcome por dentro esa desazón...
Una vez leí no se donde una reflexión que se me clavó en el córtex y que jamás voy a olvidar ¿Cómo perdonar a los que NO nos piden perdón? -aclarar que hablamos de daños hechos a conciencia, con toda la saña, nada de errores involuntarios...-El sólo hecho de ver postrarse (metafóricamente, claro, hincar las rodillas de veras en el parquet es demasiado humillante) ante uno a quién nos hizo sufrir, ya mueve a querer pasar página, a admitir que a nosotros también se nos puede calentar la boca en un momento dado…o que, simplemente, también dejamos libre de cuando en cuando nuestro demonio particular …pero y si el agresor sigue en sus trece? ¿Y si se niega a reconocer el daño que ha causado y encima se regodea con ello? Entonces me parece hasta inhumano cerrar los ojos y olvidar. Simplemente, no me lo creo, repito.
Y no hablaría de entonces de la venganza mafiosa que carga armas y planea machacar al ofensor sin piedad alguna, pero hombre, algo así como un toque de justicia poética, que la vida misma con sus circunstancias corrija las diferencias, ponga orden o cuando menos de una lección de empatía al que va dando bandazos por ahí, eso si se agradece. Y tampoco me creo que nadie haya sentido en su corazón arder una llamita de satisfacción al comprobarlo.
miércoles, noviembre 10, 2010
(AY, se me coló una portada que va por libre, la de cuidar el gato, pero es que no me he podido resistir...)














