LA LLAMADA DE LA SELVA
Verán: yo odio hablar por teléfono.
Hubo un tiempo., lejano, Años "ha" , de los que apenas recuerdo el sabor caramelo de las dos horas hablando con el novio en lo lejano, el tam-tam del corazón y sus resortes enloquecidos cuando sonaba el artefacto, los cuchicheos pavoneándose en línea, un ristre de risas y confesiones solemnes al minuto, las amigas invisibles “todo oidos” bailando en el pabellón auditivo de una servidora tarde si tarde también …pero ahora, hace ya tiempo, NO.
Será que pocas personas son capaces de voltearme el alma con una llamada, aún intempestiva…lo previsible se sentó ya en mi butaca, se pasea a sus anchas y tiró por la ventana la sorpresa más lustrosa, esa que te hace saltar de un brinco y correr los cien metros lisos para descolgar el aparato…se acabó la infancia de los teléfonos que jugaban a médicos con tu corazón, riiiiing, ringggggg, alo?
Mis amigos lo saben y lo sufren. La llamada ya sólo da para citarnos, y tampoco deseo más. Ahora me atenaza la sensación de barata pérdida de tiempo y escaso contacto real, y siempre me pilla con el tinte puesto o volteando croquetas.
No. Es que ni al móvil.
Que odio hablar por teléfono.